(Fuente: isabellns)
En estas fechas tan de asados contundentes, dulces hipercalóricos y alcoholes fuertes, uno podría pensar que no puede haber peores indigestiones en el mundo, pero es también la época en que revistas, blogueros y articulistas se empeñan en reseñar su particular Olimpo del año, y entonces el empacho que nos da es de listas de canciones, álbumes, libros, películas, conciertos, etc., etc., etc.
Así que por una vez, lo que sigue no son las novelas más aclamadas del año (que alguna hay) sino la lista pormenorizada de libros leídos este año−entre otras cosas, porque esa lista está en LibraryThing, uno de los descubrimientos con los que quedarse del 2010 y que sirven, por ejemplo, para saber que comparto más libros en mi biblioteca con Hemingway que con C.S. Lewis−, sino más bien un repaso hecho planeando y a vista de pájaro.
Todavía coleaban los vampiros sureños de El Sueño del Fevre (George R. R. Martin) y la fantasía óscura y cínica de La Dama del Lago (Andrezj Sapkowski), cuando Providence (Juan Francisco Ferré), con su prosa hipermedia y retorcida se convertía en el primer libro del año. El compañero de los retrasos aeroportuarios navideños que me mantenían alejado de las cosas verdaderamente importantes. Un finalista al Premio Anagrama que ya ha demostrado con creces que era merecedor de ése y más. ¿La gran novela americana escrita por un español? Por lo menos alguien a quien seguir.

Sin duda, el 2010 ha sido el año de los descubrimientos de James Joyce (tras curtirme en duelos con su Ulises, Dublineses y Retrato del Artista Adolescente, a falta de que los de la Fnac me traigan Anna Livia Plurabelle, lo único traducido al español de su Finnegan’s Wake para cerrar el año) y el de Gustave Flaubert (La Educación Sentimental y el archifamoso Madame Bovary, aunque yo preferí el primero −trae revolucionarios con bayonetas y románticos ingenuos a puñados−). También hubo mucho Salinger gracias a la Biblioteca de ♥ (Franny y Zooey y Nueve Cuentos). ¿Más clásicos? Scott Fitzgerald y El Gran Gatsby y D. H. Lawrence y El Amante de Lady Chatterley (o self made men de oscuro pasado frente a damas de la aristocracia inglesa recatadas y educadas, pero ansiosas de lujuria sin saberlo), y, yendo más atrás, Los Cuentos de la Alhambra de Irving.

El 2010 también vio alguna que otra derrota, y las glosaremos aquí como si fuera la parte escondida del Arco del Triunfo: Contraluz, de Thomas Pynchon, y Entre Dos Ríos, de Robert Jordan. La primera me derrotó por su densidad inconmensurable y sus enrevesados apuntes científicos, la segunda por su tedio infinito. Y es que no hay nada de vergonzoso en caer ante la novela más difícil de uno de los autores americanos más difíciles, pero ya estoy un poco harto de jovencitos posaderos llorones arrancados de su poblado medieval y destinados a liderar ejércitos en la lucha eterna del Bien contra el Mal.
Lo que no quiere decir que no hubiera Fantasía: la primavera empezaba con El Nombre del Viento (Patrick Rothfuss), novela recomendable que se mueve entre el dramón dickensiano y la EyB adulta; uno de los últimos Elric-Von Bek (The Skrayling Tree, Michael Moorcock) y algunos cuentos de R. E. Howard (que no falta ningún año, ¡por Crom!).

El otoño francés vio el mano a mano entre los dos Michel, Montaigne (Essais, vol. I) y La carte et le territoire, que demostró que Houellebecq sólo tenía que saquear entradas de la Wikipedia cuando no se le ocurriera qué decir y rebajar el nivel de sexo deprimente para ganar el Goncourt.

−¿Pero de verdad quedaba alguien que no supiera ya que lo iba a ganar?
Las decepciones del año se las llevan Michael Chabon (su Gentlemen of the Road estaba destinado a salvar la novela de aventuras y se perdió inexplicablemente por el camino) y Micah P. Hinson (con su folleto No voy a salir de aquí llena de estudiada actitud y vacía de todo lo demás).
Por lo demás, bastante Valdemar (Trece para el Diablo o los Howard ya mencionados), más Atalanta (El mundo bajo los párpados, Eros y Psique, Los Héroes Griegos) y deudas pendientes con la literatura infantil (Planilandia, Edwin S Abbott; Flores para Algernon, Daniel Keyes).
¿Cómics? Relectura del Promethea de Alan Moore, el Thorgal de rigor y muchos más: Clowes, Mazzuchelli, Mignola y basurilla de Marvel cada mes.

Y como miscelánea (y hago trampas, porque lo que viene es para completar y ahora sí que estaríamos ante una lista completa del año): Bret Easton Ellis, Jung, Edith Warton, Gerard Unger, Samuel R. Delany, Thierry Jonquet, Robert McKee, Javier M. Lalanda…
[No os preocupéis por los empachos, porque habrá lista de discos y puede que un top ten de pelis.]

¿Qué habría surgido del hipotético encuentro entre Bram Stoker y Mark Twain? Sueño del Fevre, sin dudarlo. La novela de George R. R. Martin combina terror e historia en un relato de vampiros sazonado con elementos de aventuras e historia. El Sueño del Fevre es el mayor barco que se ha construido para surcar el Mississippi, fruto de la extraña alianza entre Abner Marsh, un rudo capitán, y Joshua York, un dandy adinerado de costumbres insólitas. No sale de día, tiene la piel muy pálida y de cuando en cuando echa tragos a una botella con un licor de color granate…
Martin atrasa la sorpresa, pero esta nunca llega a ser tal, pues apenas quedan lectores que se enfrenten vírgenes a esta novela. Que se trata de una novela de vampiros nos lo dicen ya en la contracubierta, en las solapas, en el prólogo, en toda reseña, os lo digo yo aquí y ahora… Pero el logro de la novela está en esa ambientación que tan bien le sienta al género de vampiros, esos salones de barcos de vapor, con sus lámparas de araña y numerosos espejos, esas tierras pantanosas de Nueva Orleans, el Mississippi y la luna reflejada en sus aguas por la noche… Está claro que funciona, tanto que Martin no sería el único en utilizarla para sus novelas (pensad en Lestat y acertaréis).
El barco en el que Joshua York admite a extraños pasajeros se convertirá en la esperanza de redención para su raza. Con un brebaje que imita la sangre y libera a los vampiros de sus instintos de depredación (sí, ese detalle también nos suena de algo), York cree haber dado con la solución para el hermanamiento entre vampiros y humanos. Pero Damon Julian, otro dandy decadente que llegó al Nuevo Mundo mucho antes que Joshua York y que también es un anciano y poderoso vampiro, tiene otros planes para su raza, concretamente seguir usando a los humanos como ganado y acumular más y más poder como antaño. Y entre ambos, el Capitán Marsh con su aguerrida tripulación, un hombre que al principio tan sólo sueña con hacer de su barco el más rápido del Mississippi y que pronto tendrá que luchar por su supervivencia, encontrando inesperadas amistades por el camino.
La novela está construida de una manera un poco errática y anticlimática, con tantos ir y venir al barco, con ese capítulo que se ventila 13 años en apenas unas páginas y que rompe con el ritmo llevado hasta entonces, y con los constantes duelos (e intercambios de posiciones) entre los dos líderes vampíricos, York y Julian. Quizás flojee un poco en esos aspectos. Pero la experiencia más placentera está en la ambientación y esos personajes que Martin esboza con maestría y con apenas unas pinceladas: Mike el Oso, el duro jefe de estibadores, Jonathon Jeffers, el tenedor cultivado pero valiente, los timoneles con sus distintas personalidades… y Bill Vinagre (Sour Bill en el original), el esbirro de Julian, obsesionado con convertirse también en vampiro algún día. El mérito está en que, con dos héroes tan distintos como son Marsh y York, el lector llegue a creer en la relación que surge entre ambos y a desear que su ansiado proyecto, la reconciliación entre las dos razas, simbolizada en ese barco lujoso y veloz que es el Sueño del Fevre, llegue algún día a buen puerto.