
Oakley Hall tiene la habilidad de transmitir su erudición histórica sobre el siglo XIX americano a través de unas novelas precisas y muy estudiadas que, a primera vista, podrían confundirse con simples aventuras del Oeste en papel. Pero si algo hemos aprendido leyendo otras obras suyas como Warlock o La Reina de Picas es a no subestimar la prosa de Oakley Hall.
Badlands es un retrato de la época de la ganadería en el Oeste americano, la de los vaqueros propiamente dichos, y los problemas que surgen del choque entre distintas formas de plantear la vida en una sociedad que, a millas y millas de la civilización, se va gestando. Aquí los villanos de la historia no son los recurrentes indios, ni siquiera los cuatreros y los bandidos podrían considerarse como tales, porque lo que comienza como la historia de Andrew Livingston, un nuevo propietario que se instala en las Badlands de Dakota, y el relato de su introducción en la sociedad ganadera de Pyramid Flat, se convierte poco a poco, gracias a la minuciosa maquinaria narrativa de Hall, en una confrontación entre iguales por ambiciones puramente territoriales. La mezquindad y el egoísmo humanos campan a sus anchas en un territorio olvidado por la ley, en lo que quizá sea la esencia del mito fundacional del Oeste americano (barbarie vs. civilización, la lucha de la ética individual por configurar un sistema social justo en el que al menos la aplicación de la justicia siga siendo una farsa, pero mucho mejor disimulada).
Badlands resalta también por su capacidad didáctica, ya que nos muestra el porqué y el funcionamiento de los rodeos o nos explica los edictos del Senado estadounidenses por los que cualquiera tenía derecho a reclamar 65 hectáreas de terreno, en lo que impulsó el éxodo y la conquista de nuevas fronteras, pero que a la larga terminó por envenenar la convivencia entre los recién llegados y los pioneros. Oakley Hall acierta además al imaginar los conflictos personales de unos personajes que brillan por sí solos, como Mary Hardy y sus sueños de evasión; o Machray y su arrollador pero destructor carisma.
No esperéis grandes gestas y épica fundacional en la obra de Hall (aquí encontramos otro epílogo descorazonador y desmitificador de esos a los que recurre casi siempre), pero sí encontraréis en Badlands el relato verosímil y fascinante de la intrahistoria del Far West. Sin estar a la altura de Warlock, pero sin desmerecerla ni un ápice.