Malditos Ensayos de Michel de Montaigne. Pueden haber sido la experiencia lectora más ardua desde La Historia General de las Drogas, de Antonio Escohotado (contra la que estuve luchando durante meses), pero también, la más gratificante.
Todos los que lo han leído coinciden casi siempre en lo mismo: leer por primera vez a Montaigne es profundizar en una personalidad como pocas veces se puede llegar a conocer a alguien; releerlo es reencontrarse con un amigo. Sus palabras se quedan impresas en la memoria para acompañarnos allí donde podamos necesitarlas.
Algunas razones de por qué no se trata precisamente de un paseo por el parque:
- Leído en el francés original del siglo XVI
- Ausencia total de puntuación moderna, sin párrafos, sin puntos y aparte.
- Repleto de citas latinas, griegas, italianas, españolas, alemanas… con sus constantes traducciones a pie de página, y las referencias en unas notas que ocupan fácilmente unas 120 páginas por cada tomo.
- La edición es además la del Ejemplar de Burdeos, es decir, la última que Montaigne vio publicada en vida, ampliada con unos añadidos y correciones que multiplican la extensión de los Ensayos que suelen considerarse la edición “estándar”.
A todo esto hay que añadirle las lecturas atropelladas en el Metro, un lápiz que apenas se despegaba de las páginas (no paraba de encontrarme con citas interesantes), las constantes revisiones y puestas al día en una libreta aparte que ha terminado repleta de extractos de los Ensayos…
¿Queréis oír unas cuántas? Allá van:
Nuestra muerte es una de las piezas que conforman el orden del Universo, es un pedazo de la vida del mundo […] Filosofar, es aprender a morir.
El arquero que sobrepasa la diana yerra tanto como aquel que no la alcanza.
Quien pueda debe tener mujer, hijos, bienes y sobre todo salud, pero no atarse de manera que nuestra felicidad dependa de ello. Hay que reservarse una habitación escondida, sólo nuestra, franca, en la que establezcamos nuestra verdadera libertad y sinceros retiro y soledad.
No busques que el mundo hable de ti, sino la manera de hablarte a ti mismo.
Mi ocupación y mi arte, es vivir.

El de Montaigne es un caso único en la historia de la Literatura: el de un hombre que se encierra en sí mismo y empieza a analizarse sin pudor y sin prejuicios, a descubrirse en el proceso y a ordenar las ideas que desde esa Antigüedad que a él tanto le apasionaba brillan en el cosmos filosófico de Occidente. Por eso, leer a Montaigne es a la vez escuchar una voz que parece proceder de tu interior (y que te interroga sobre detalles íntimos, sobre los que no suele leerse) y a la vez reconocer el discurso de Platón, de Plutarco, de Sócrates, de Séneca.
A los Ensayos les viene como anillo al dedo, como broche para finalizar la lectura, la biografía que Stefan Zweig dedicó al pensador de Burdeos (póstuma e inconclusa, esbozada poco antes de su suicidio en Brasil en 1942). Allí podemos aprender algo sobre cómo Michel Eyquem de Montaigne le da la espalda a la vida pública y se recluye en su biblioteca, algunas pinceladas sobre su melancolía, su pasión por los viajes en soledad, su reacción cobarde y apresurada ante la epidemia de peste en Burdeos, la ciudad de la que era alcalde…
En conclusión, más de mil quinientas páginas escritas por un solo hombre, pensadas para sí mismo, plagadas de referencias clásicas (¡pero sin citar las fuentes!), en un francés árido y desordenado. Y ya estoy deseando leerlo otra vez.
Maldito, maldito Montaigne.
